Cripsis en 2016
Esto no es nostalgia
Pienso (como pensó Pablo Caldera en su columna que vuelvo a enlazar) que la reaparición insistente de 2016 como referencia estética y afectiva en redes sociales no puede entenderse como un simple retorno de modas ni como una melancolía generacional más. Funciona, más bien, como un operador temporal que permite estabilizar momentáneamente una experiencia del presente marcada por la aceleración, la saturación informativa y una creciente dificultad para proyectar futuros imaginables. “2016” no nombra un año concreto, parece erigirse en una configuración sensible del tiempo, una condensación de hábitos de interfaz, ritmos de circulación de imágenes, modos de socialización digital y expectativas todavía no atravesadas por la conciencia plena del agotamiento.
El pasado se convierte en un archivo disponible que puede ser activado, recombinado y compartido para producir efectos de pertenencia. En este punto, la nostalgia deja de ser una emoción privada para transformarse en una tecnología blanda de sincronización social, especialmente eficaz en entornos digitales donde la experiencia del tiempo se fragmenta y se descentra constantemente. Las plataformas de socialización online (redes sociales pese a la noticia de la semana, foros, rincones de fanfics, etc.) desempeñan aquí un papel decisivo porque no solo almacenan huellas del pasado, también organizan activamente su reaparición, estableciendo qué recuerdos son visibles, qué estéticas resultan reconocibles y qué narrativas afectivas tienen mayor capacidad de circulación. La memoria digital se erige en un proceso distribuido entre usuarios, interfaces y algoritmos. Como señalan Hoskins (2018) y Garde Hansen (2020), esta forma de memoria se orienta a la reescritura del pasado en función de las necesidades emocionales del presente.
En este contexto, la nostalgia por 2016 se articula como una respuesta a la ansiedad contemporánea. No una ansiedad explícita, tematizada discursivamente, sino una ansiedad de baja intensidad, difusa, que atraviesa la experiencia cotidiana en redes. El retorno a estéticas previas —imágenes menos pulidas, filtros rudimentarios, formatos breves no profesionalizados— funciona como una estrategia de amortiguación frente a un presente hiperoptimizado, gobernado por métricas de rendimiento, visibilidad y autoexplotación. El pasado reciente se percibe retrospectivamente como un tiempo de menor conciencia técnica, de menor vigilancia sobre uno mismo, de una relación aparentemente más ingenua con la exposición.
Aquí resulta pertinente recuperar la idea de la conciencia del dispositivo. Si en el cine la reflexión sobre la cámara permitió problematizar la representación, en las redes la falta de una conciencia crítica del software y de sus lógicas de gestión afectiva produce una relación ambigua con la nostalgia. El volver a 2016 no cuestiona el dispositivo que posibilita ese retorno, sino que opera dentro de él, aceptando sus reglas. La nostalgia no se opone a la plataforma, se vuelve una de sus formas de funcionamiento más eficaces.
Esta lógica se manifiesta con claridad en las micronarrativas que circulan en redes: vídeos breves, fanfics, hilos, confesiones fragmentarias, montajes mínimos que no buscan tanto contar una historia completa como activar una resonancia compartida. La evocación sustituye a la reconstrucción; lo importante, pienso, no es cómo fue 2016, más bien es cómo se siente recordarlo ahora. La temporalidad que emerge es una temporalidad suspendida, un presente ampliado por capas de pasado reciente que no termina de cerrarse.
Desde el punto de vista estético, estas prácticas pueden entenderse como formas de narración menor, en el sentido de que rehúyen la clausura, la autoría fuerte y la coherencia total. Se abre una constelación de gestos que se apoyan en el reconocimiento mutuo. El valor reside en la capacidad de producir identificación afectiva. Como propone Felski (2020), el apego y el reconocimiento se convierten en categorías centrales para pensar la relación contemporánea con las imágenes y los relatos.
El fanfiction resulta especialmente revelador en este sentido. Lejos de limitarse a expandir universos narrativos existentes, muchas prácticas de escritura derivada operan como espacios de gestión emocional colectiva, donde el pasado ficcional se reescribe para sostener formas de comunidad en el presente. El gesto nostálgico no se dirige tanto a una obra original como a la experiencia compartida de haberla habitado en un momento vital concreto. El archivo narrativo se activa como lugar de refugio.
Este uso del pasado conecta con una transformación más amplia de la idea de autoría. En estas prácticas, la figura del autor se diluye en favor de una lógica de uso, de circulación y de reapropiación. El relato no pertenece a nadie, se ofrece como superficie de inscripción para afectos comunes. Agamben hablaría sobre el uso como relación no propietaria con las cosas, una relación que no clausura ni fija, sino que mantiene abierta la posibilidad de transformación (Agamben, 2015).
La nostalgia por 2016, entendida desde este marco, no es regresiva ni conservadora en sentido estricto. Tampoco es emancipadora. Es ambivalente. Por un lado, permite a los sujetos construir una continuidad afectiva en un presente fragmentado. Por otro, corre el riesgo de convertirse en una zona de confort temporal que evita enfrentar las tensiones del ahora. En lugar de imaginar futuros, se reciclan pasados cercanos que todavía resultan emocionalmente habitables.
Desde una perspectiva crítica, el desafío consiste en denunciar esta nostalgia como falsa conciencia. Qué necesidades satisface, qué formas de comunidad posibilita, qué tipos de sensibilidad produce. La crítica cultural, si quiere ser pertinente, ha de desplazarse del análisis de obras cerradas al estudio de estas prácticas de uso, de estas narrativas incompletas que, sin aspirar a decirlo todo, dicen mucho sobre cómo se experimenta hoy el tiempo, la memoria y la pertenencia en los espacios de socialización digital.
Si se observa con algo de detenimiento, la insistencia en 2016 opera como una operación de reordenación del tiempo vivencial en un presente saturado, donde el futuro ha dejado de funcionar como promesa compartida y el pasado inmediato se convierte en el único archivo disponible para sostener una mínima continuidad del yo. En este sentido, 2016 se recuerda por lo que permitió imaginar, ya que aparece como el último momento en el que la cultura digital parecía expandirse sin exigir de forma tan explícita una conversión constante del sujeto en marca, del vínculo en contenido y de la experiencia en rendimiento. La nostalgia se utiliza para estabilizar identidades frágiles en un entorno de aceleración extrema, tal como ya había anticipado Rosa cuando describía la relación entre aceleración social y pérdida de resonancia con el mundo (Rosa, 2016).
Un primer caso paradigmático se encuentra en la reaparición masiva de referencias a Pokémon Go como acontecimiento afectivo y no meramente lúdico. En TikTok e Instagram proliferan vídeos que reconstruyen escenas del verano de 2016 mediante imágenes de archivo, mapas urbanos y testimonios en primera persona que recuerdan la experiencia de caminar colectivamente, de hablar con desconocidos, de ocupar plazas y parques sin una finalidad productiva clara. El videojuego funciona como emblema porque condensa una forma de sociabilidad híbrida que hoy resulta casi impensable, una mezcla de espacio físico, juego y encuentro no completamente mediada por la lógica de monetización intensiva. Estudios recientes sobre nostalgia digital han subrayado que este tipo de recuerdos no se activan tanto por el objeto cultural en sí, sino por la percepción de un ecosistema tecnológico menos hostil, menos extractivo, menos abiertamente orientado a la captura de atención como recurso económico (Nieborg y Poell, 2018).

Algo similar ocurre con la música que retorna asociada a ese año, en especial con artistas como Rihanna, Drake o Frank Ocean, cuyas canciones aparecen reutilizadas en montajes audiovisuales que no buscan una escucha atenta, sino una activación inmediata de estado de ánimo. El uso reiterado de temas como One Dance o Work no responde a una reevaluación estética de las obras, sino a su eficacia como marcadores temporales de una época en la que la cultura pop todavía parecía capaz de articular un nosotros amplio. La música, así, se convierte en superficie de contacto entre memoria individual y archivo colectivo, en una suerte de lengua franca emocional que permite reconocerse sin necesidad de explicar demasiado. En el ámbito audiovisual, la comparación constante entre el clima cultural de 2016 y el actual se ha reforzado mediante la circulación de fragmentos de películas como La La Land o Moonlight, que aparecen reinterpretadas como síntomas de un momento en el que todavía parecía posible una sensibilidad melancólica sin ironía defensiva. No se trata de afirmar que estas películas sean mejores que las producciones contemporáneas, sino de observar cómo se las utiliza como signos de una tonalidad emocional hoy percibida como perdida. El gesto es significativo porque revela una fatiga respecto al exceso de autoconsciencia y de comentario meta que domina buena parte de la cultura actual, algo que Fisher ya había diagnosticado como un bloqueo de la imaginación cultural, incapaz de producir futuros alternativos y condenada a reciclar su propio pasado reciente (Fisher, 2009).
El fenómeno se intensifica aún más cuando se observan ciertos streamers y creadores de contenido que han hecho de la evocación de 2016 una estrategia discursiva estable. En plataformas como Twitch o YouTube, algunos directos se articulan explícitamente como retornos a “cuando todo era más simple”, mediante gameplays de títulos de la época, estéticas visuales deliberadamente desactualizadas y narrativas autobiográficas que construyen una continuidad entre el creador y su audiencia a partir de un pasado compartido. Esta operación no es inocente, porque permite generar comunidad en un contexto de competencia feroz por la atención, utilizando la memoria como capital simbólico. Tal como ha señalado Huyssen, la cultura contemporánea no recuerda para conservar, sino para gestionar la ansiedad producida por la velocidad del presente (Huyssen, 2003).
En este punto, resulta difícil no leer la reaparición insistente de 2016 como un síntoma de duelo no resuelto. El recuerdo se vuelve insistente porque el presente no ofrece relatos suficientemente habitables, y el futuro aparece demasiado abstracto, demasiado amenazante o directamente inexistente como horizonte deseable. La nostalgia, entonces, deja de ser un gesto íntimo para convertirse en una práctica social ampliamente compartida, regulada por plataformas y recompensada algorítmicamente, lo que introduce una paradoja fundamental, ya que incluso el deseo de un pasado menos mercantilizado acaba siendo explotado como contenido.
2016 reaparece porque permite decir algo del presente sin nombrarlo directamente, porque funciona como pantalla de proyección de frustraciones actuales, y porque ofrece una ilusión de continuidad allí donde la experiencia cotidiana se percibe como fragmentada. No se trata de volver a 2016, algo imposible y quizá indeseable, sino de entender qué necesidades emocionales, estéticas y políticas se están expresando a través de ese retorno. Solo desde ahí es posible pensar en otras formas de memoria que no se limiten a reciclar lo ya vivido, quizá porque puedan abrir espacios para imaginar futuros que no dependan exclusivamente de la melancolía como refugio.
¡Gracias por leer! Un minieditorial para esta semana de borrascas climatológicas y políticas. Nos vemos en un par de semanas si las revisiones de la tesis no han terminado de acabar conmigo ^_^
Referencias
Agamben, G. (2015). El uso de los cuerpos. Pre-Textos.
Boym, S. (2001). The future of nostalgia. Basic Books.
Felski, R. (2020). Hooked: Art and Attachment. University of Chicago Press.
Fisher, M. (2009). Capitalist realism: Is there no alternative? Zero Books.
Garde-Hansen, J. (2020). Media and Memory. Edinburgh University Press.
Hoskins, A. (2018). Digital Memory Studies: Media Pasts in Transition. Routledge.
Huyssen, A. (2003). Present pasts: Urban palimpsests and the politics of memory. Stanford University Press.
Murray, C. (2026). Why social media is obsessed with 2016 nostalgia. Forbes. https://www.forbes.com/sites/conormurray/2026/01/15/nostalgia-for-2016-is-taking-social-media-by-storm/
Nieborg, D. B., y Poell, T. (2018). The platformization of cultural production: Theorizing the contingent cultural commodity. New Media & Society, 20(11), 4275–4292. https://doi.org/10.1177/1461444818769694
Parent, T.. (2026). “2026 is the new 2016”: Why nostalgia for 2016 is everywhere right now. People Magazine. https://people.com/2026-is-new-2016-trend-explained-11885444
Rincón, O. (2015). La vida más allá de las pantallas. Gedisa.
Rosa, H. (2016). Acceleration, modernity and resonance: A critical theory of social time. Columbia University Press.
Van Dijck, J. (2013). The Culture of Connectivity: A Critical History of Social Media. Oxford University Press.
Wajcman, J. (2015). Pressed for Time: The Acceleration of Life in Digital Capitalism. University of Chicago Press.






